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| El novelista inglés Chalres Dickens. Fuente: Mirror |
La literatura tal como la conocemos siempre ha servido como puente para llevar la crítica hacia todo el conjunto de la sociedad. Principalmente en lo social, mediante los libros y las historias que cuentan, incluso pasando por el deliberado filtro de la censura, consiguen transcender en la historia como algo más que un simple relato. Se podían dar los casos en los que no es la intención primaria del autor con la que realiza su obra, sino que lo hace de manera inconsciente. O sí lo hace intencionadamente pero sin proponer solución al problema o situación que denuncia. Es el caso de Oliver Twist y Charles Dickens.
Por supuesto, entendemos que la mayoría de autores que exponen una polémica o crítica a su país, sus políticos o la administración del mismo, lo hacen porque son gente comprometida y preocupada por el sino de sus congéneres. Y es el caso del famoso escritor inglés del siglo XIX al cuál menciono. Dickens, al que George Orwell consideraba «un escritor subversivo, un radical, incluso un rebelde», reunió una fortuna gracias a la venta por entregas de sus novelas. Hoy no nos es cosa extraña que un autor polémico, fresco o novedoso que hace la puesta en escena de una historia que denuncia las injusticias del día a día se ponga de moda y convierta sus obras en "best-sellers". No obstante, para sorpresa de muchos, esto también ocurrió durante este siglo con las creaciones literarias de Dickens.
¿Qué pensaba el vasto público que se abalanzaba a comprar cada capítulo mensual apenas salido de la imprenta sobre su crítica de la sociedad victoriana? Público el cual estaba compuesto de toda clase social. Charles Dickens consiguió captar los sentimientos de sus lectores, a pesar de la incipiente censura que no quería saber de las crueldades e injusticias de su tiempo -Thomas Macaulay odiaba su «socialismo malhumorado» y el primer ministro lord Melbourne decía no gustarle «ese estilo rastrero y degradante»-. Resultó ser, sin embargo, lo que la mayoría quería oír. Desde la joven reina Victoria hasta el menos distinguido de los obreros, se contaban entre los lectores de sus relatos. La ley de pobres de 1834, telón de fondo ante el que se representa Oliver Twist, era detestado por las clases trabajadoras y malquerido por las acomodadas, pero resultó ser una medida necesaria dadas las necesidades del capitalismo industrial que estaba triunfando en Gran Bretaña. La durísima crítica que Dickens hará a las casas de pobres tendrá un gran eco popular.
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| Primer volumen de Oliver Twist. Fuente: Samhain School |
Oliver Twist, or the Progress of the Parish Boy se publicó en febrero de 1837 hasta abril de 1838 en 53 capítulos, en la revista Bentley's Miscellany que el propio Dickens dirigía, y con ilustraciones del caricaturista George Cruickshank. El éxito de esta obra reside en el talento del autor para mantener, por tan largo trecho, la tensión y la atención de un público ansioso por saber las peripecias de los personajes que inventaba. Nacido en 1812, pasando a mejor vida en 1870, Dickens vivió en plena época de la transformación industrial de Inglaterra; cambio de costumbres, concentración ciudadana, creciente riqueza, miseria popular, nueva delincuencia y salvaje opresión. Con todo esto y la ley de pobres denunciada en Oliver Twist, se compuso mucho más que un escenario en el que mover sus personajes: fue el retrato de una sociedad injusta que Dickens habría querido cambiar.
Fue un moralista y un sentimental, una combinación perfecta para conectar con sus lectores. Aunque, como George Orwell escribirá, el radicalismo de Charles Dickens «es de lo más vago, pero uno sabe está siempre ahí. Es la diferencia entre un moralista y un político. No ofrece propuestas constructivas, ni siquiera comprende claramente la sociedad que está atacando, sólo muestra una percepción emocional de que algo está mal». Y como tal, así este novelista inglés lo exteriorizó para abrir los ojos a muchos y enrabietar a tantos otros. Tan solo un ejemplo de que nunca escasearán ni sobrarán los sentimentalistas y moralistas, mas sí que faltarán y faltan dentro del ámbito en el que nos movemos en este blog: la política.


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