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| Retrato de James Gillray. Fuente: Wikipedia |
La política es un concepto que trae consigo un sinfín de connotaciones. Estoy seguro de que la mayor parte de ellas son de carácter negativo, pues satisfacer a todo el mundo es una tarea imposible. Por tanto, no es de extrañar que seamos espectadores de una dinámica en la divulgación de opiniones, difundidas por los medios de comunicación, que se sustenta en un variado catálogo de críticas generadas por la pluralidad. Es decir, las generadas por argumentos a favor o en contra que suscitan cierto juicio. Pero no solo los de carácter político o ideológicos; los aspectos de la vida cotidiana son los primeros en verse discernidos.
El descontento, la indignación o simplemente la perplejidad ante un hecho que no agrada lleva a ciertos autores, movidos por un propósito moralizador, lúdico o meramente burlesco, a publicar historietas o crear ilustraciones extravagantes e irrisorias con el objetivo de que muevan la conciencia del pueblo o la desconcierte, en función de su postura. Hoy en día lo vemos muy claro en El Jueves. Sin embargo, en el siglo XVIII tenemos grabados y estampas satíricas en abundancia. Esto es debido a la gran tasa de analfabetismo vigente en la época y su respuesta: transmitir los mensajes, ideas o conocimientos mediante imágenes que pueden llegar a todos.
